
Uno despierta sabiendo que soñó aquel tiempo
en donde el amor era el silencio puro y perfecto
entre dos oídos muy atentos,
en donde la tristeza existía
más que todo para escribir cartas,
en donde el otro llenaba de magia
hasta el más mínimo detalle de los días.
Uno despierta para encontrar, otra vez,
esa sensación que llega como en esos atardeceres mortuorios,
esa sensación dura y pesada como el orgullo,
esa sensación que quiere decir y que dice
que estarán unidos para siempre
-o por lo menos por ahora-
la incertidumbre caótica de seguir transitando los días
y la incansable y suicida tarea del amor.
en donde el amor era el silencio puro y perfecto
entre dos oídos muy atentos,
en donde la tristeza existía
más que todo para escribir cartas,
en donde el otro llenaba de magia
hasta el más mínimo detalle de los días.
Uno despierta para encontrar, otra vez,
esa sensación que llega como en esos atardeceres mortuorios,
esa sensación dura y pesada como el orgullo,
esa sensación que quiere decir y que dice
que estarán unidos para siempre
-o por lo menos por ahora-
la incertidumbre caótica de seguir transitando los días
y la incansable y suicida tarea del amor.
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